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La venganza del Cheese Whiz

Aproximadamente veinte años tenia sin probar el queso fundido, mi madre lo compraba en el supermercado con el fin de hacer llevadero mis arepas domingueras acompañadas del infaltable juguito de lechoza.


Por estos dias ha vuelto el Chesse Whiz a mi casa pero esta vez a saborearles los desayunos a mis sobrinitos quienes ven ese amarillo-anaranjado radioactivo como un complemento a sus mañana.


Senti curiosidad por recrear los sabores de la infancia, agarre el pote de Cheese Whiz que ahora tiene caderas (enserio, cambiaron el vaso recto por uno con caderas), le saque una cucharada, se lo eche a un pan y ¡pa’ dentro!


Enseguida tuve el mega-dejavu: Alegre despertar, Chemise blanca llena de tierra, sacapunta, lonchera, La pequeña maravilla, metras, Resolucion 1029, El ladron de tu amor, Cristal, y un laaaaaaaaaargo etc.


No me conformaba con eso, queria mas, necesitaba mas en mi cuerpo, así que al mismo pan le coloque Diablitos (que también tenía unos añitos sin comer) y me hice el propio sándwich de carajito.


Todos los conservantes y los quimicos que contienen esos dos productos me llevaron a mi infancia feliz pero a otro nivel, hasta podia recordar olores y sensaciones propias de esa época.


En fin, cada vez que quiero regresar a mis años de chiquillo, me meto una sobredosis de Cheese Whiz (si soy mas osado lo mezclo con Diablitos) para que los colorantes artificiales hagan su trabajo en mi cerebro.